No se puede poner en tela de juicio ni hay espacio para dudar de que Aragami, la obra de Lince Works, bebe de un antepasado que muchos consideramos completamente extinto desde su tercera entrega, Tenchu. El paralelismo obvio establecido entre ambos puntos puede resultar anacrónico, más aún teniendo en cuenta lo diferentes que resultan ser. Sin embargo, se encuentran en posiciones equidistantes de la balanza.

A pesar de que el público haya exacerbado la herencia de Rikimaru y Ayame dentro del aspecto jugable de Aragami (más aún si sólo se mira el título desde fuera), no hay dudas de que Aragami camina por su propio sendero del ninja. Aquella aventura, y tomaremos Wrath of Heaven como referencia, supuso un viaje a través del Japón feudal, deslizándonos a través de alcantarillas, aniquilando enemigos desde las alturas, haciendo uso de mil herramientas ninja para permanecer escondidos a ojos de cualquier desaprensivo. Aragami dispara su kunai por otro sendero.

El trabajo de Lince Works recoge un testigo pesado, mas lo reinventa y le da su propia personalidad. Su historia no transcurre en el universo cognoscible, sino en uno alternativo donde ni siquiera la lengua que se habla es entendida por ninguno de nosotros, empleando su propia gramática. A pesar de eso, el diseño de escenarios respira feudalismo japonés, y ese es el punto en el que se encuentran de manera más evidente. Podríamos establecer otras similitudes, pero no es Tenchu el objeto de estudio hoy.

Aragami

Si Aragami, entonces, no sitúa a Tenchu como referente directo y claro, ¿de dónde provienen sus mecánicas familiares y ligeramente conocidas por, de nuevo, un pequeño sector de la industria de los videojuegos?

Aragami presenta una jugabilidad donde las sombras y su relación con el escenario forman parte importante del título, tal vez la pieza más apreciada en este cuadro artístico. Si no sabemos manejarnos a través de ellas y con ellas, los enemigos no tardarán en darnos caza. Las luces jugarán en nuestra compra, encontrándonos con la oscuridad como una vieja aliada que nos envuelve en su oscuro abrazo. Y allí donde Aragami recoge entre las mantas a esta amiga, coincide en el lecho con su hermano distante: Mark of the Ninja.

Sin embargo, el planteamiento que utiliza el trabajo de Klei Entertainment se aleja de Aragami, pues su jugabilidad no emplea la misma agilidad. Al ser un título en 2D, con una apuesta más fuerte por las plataformas combinadas con el sigilo, el Protagonista Sin Nombre avanza más rápido y nos proporciona una sensación mucho más dinámica y rápida que la de su hermano. Por otra parte, y esto es algo negativo para Mark of the Ninja, la exploración queda en un muy segundo plano, siendo Aragami el videojuego que utiliza el entorno de una manera más agradable, y el título en el que sentimos más aún el sentirnos como ninjas, al premiarse la reflexión y la calma.

Sin embargo, el paralelismo entre ambas es ineludible. Aragami requiere de una reflexión mayor por no tener armas para enfrentar al enemigo cara a cara (cualquier error se castiga con dureza), pero ambos títulos forman una hermosa y dulce coalescencia en el género del sigilo. No hay videojuegos ya que se preocupen por un estilo que se combinó con la acción, perdiéndose entonces.

Aragami: Mark of the Ninja

Sin embargo, tanto Aragami como Mark of the Ninja nos recuerdan que los ninjas siguen en nuestras vidas… y que lo que representó Rikimaru para toda una generación, sigue estando vigente.