— El amor no puede planificarse. Puedes pasarte la vida entera buscando, pero, cuando bajas la guardia…
—… cuando no te lo esperas…
—.. encuentras a alguien, ¡sí! A mí, por ejemplo, ¿me habías visto alguna vez?
— No.
— Sólo soy un cliente, ¿verdad? Pero, ¿quién dice que mañana, tú y yo, y que conste que no estoy ligando… quién dice que mañana no estaremos perdidamente enamorados, como dos tortolitos?
— Nadie.
— Exacto, porque cuando sientes algo…
— … cuando hay química…
— Eso, quién sabe en qué acabará la cosa. Un tío como yo, un extraño, podría ser para ti una canita al aire, sólo eso. O, y no me mires así, tu alma gemela.
— Sí, eso es verdad.

Hablar del amor, incluso estando enamorado o habiendo estado enamorado, siempre es complicado porque, en todos los casos, es difícil encontrar las palabras adecuadas que describan la percepción de una sensación que, y es algo que sabes, no todas las personas experimentan de la misma manera. Otros procesos que podamos experimentar, como la alegría, la tristeza, la soledad o el deseo, tienen una extrapolación más sencilla, porque es fácil interpretarlos por la ejemplificación que se utiliza. Cada cual, después, lo aplicará a sus propios conceptos, pero, al ser sentimientos más concretos y específicos, tienen un nivel coincidente más alto.

Cuando expresamos ‘me siento feliz‘, la otra persona entenderá que estamos dichosos, en pleno júbilo, con la emoción por encima de lo normal, que algún acontecimiento se ha propiciado para haber llegado a ese sentimiento, en los diferentes niveles que ello comprometa. Si es alguien cercano, sabrá cuáles son las principales variables que nos habrán hecho llegar a ese ‘me siento feliz’, y conocerá cuál es nuestra respuesta emocional y conductual ante el día después de disfrutar de la recepción de ese sentimiento. Si es alguien que nos conoce poco, probablemente no sabrá cómo nos vamos a comportar, pero sí que lo aplicará a su propio prejuicio para establecer un conocimiento de la situación.

Sucede de la misma manera con la tristeza, la soledad y el deseo. Es fácil coincidir en sentirse triste, independientemente de que sea porque se nos ha roto nuestro juguete favorito, porque nos ha dejado nuestra pareja o porque nos han dicho que nos van a despedir de nuestro lugar de trabajo. La tristeza, como sentimiento básico (sin intervención de depresión, ansiedad, desolación, impotencia, etc.), es común. Su respuesta en nuestra psique es similar, de la misma manera que lo son la soledad y el deseo (por varios motivos).

Una oda al amor

Pero, ¿de dónde partir para explicar lo que es el amor, sin tener representación de otras ejemplificaciones sentimentales o emocionales? ¿Cómo comenzar explicándole a un amigo que estamos enamorados, sin tropezar por el camino con la sinonimia que nos llevaría a la felicidad o a la alegría? ”Me siento como si tuviera mariposas en el estómago”, ”Siento que soy capaz de todo, hasta de saltar un acantilado”, ”Siento que sólo tengo ganas de sonreír”… Variables, pero no constantes, nada que exprese taxativamente lo que el amor es, de manera resumida, fácilmente comprensible. Si decimos ‘estoy enamorado’ sólo llegarán a entender la amplitud de ese epítome los que ya estén enamorados o lo hayan estado, por lo que se hace complicado dar a entender una situación en la que comprendamos por qué existe ese amor, de dónde nace ese amor y qué significa ese amor.

En mi caso particular, considero que el amor es difícil de entender porque no es un sentimiento al nivel de la felicidad o el deseo. El amor va por encima de esos sentimientos porque su complejidad marca la combinación de varias emociones simplistas que se dan cuando vemos a alguien que coincide con los establecimientos que tenemos prefijados.

Como paráfrasis, para no encauzar demasiado esto hacia un texto demasiado pesado, el amor es similar a la locura. Los procesos químicos que se desencadenan en nuestro cuerpo no son tan ajenos a aquella, si bien la locura es esporádica, espontánea, impredecible y… realmente, es muy similar al amor.

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.

En ZeroPlayers, alguna vez hemos tratado el tema del amor, si bien ha sido en temas diferentes al que veremos hoy (porque, y esto podéis creerlo, no versará sobre lo que hemos relatado hasta el momento). En un artículo anterior, hablamos de que es positivo que los videojuegos incluyan historias de amor, solamente por hacernos sentir una emoción diferente a la inyección de adrenalina que suponen los títulos de acción, a la angustia que suponen los títulos de miedo, a la emoción que suponen las aventuras. Mencionamos, entre otras, la relación entre Monkey y Trip, de Enslaved: Odyssey to the West, o la relación entre Dante y Beatriz, de Dante’s Inferno.

Una oda al amor

Sin embargo, dejé en el tintero en aquella ocasión la que, considero, es una de las relaciones más hermosas que jamás se haya escrito para ningún videojuego y, lo más sorprendente, de la manera más sencilla posible.

Los que hayáis jugado a Final Fantasy IX (y no, no nos referimos a Yitán y Daga), sabréis lo que supondrá este texto. Se nos presenta esta relación romántica de una manera tan sutil, tan disimulada, que la mayor parte de jugadores no le concederán demasiada importancia. Dado que no es algo que trascienda más allá del título (pues esta relación es solamente un prolegómeno para algo más importante) sólo contarán con el recuerdo de ella un escaso número de personas que, desde luego, no es un número relevante al lado de los fans de Final Fantasy IX.

En el momento en que se explica esta relación, Yitán y Daga están en una barca, en Madain Sari. Daga le pregunta a Yitán el motivo de que él la acompañara. El ladrón, simplemente, replica: ”Me recuerdas a Ipsen”. Cuando Daga busca satisfacer su curiosidad por Ipsen, Yitán procede a contarle la historia de Ipsen y Colin, en lo que se considera la antesala de la formación del vínculo entre los dos protagonistas. Sin embargo, como preludio, brilla más que ellos dos.

¿Por qué me resulta tan fascinante, tan atractiva desde el punto de vista romántico? Porque la narrativa es tan sencilla que se podría extrapolar a casi cualquier vínculo romántico entre dos personas.

Ipsen y Colin eran dos amigos que trabajaban en Treno.
Un día, Ipsen recibió una carta. Estaba empapada de lluvia y casi no se podía leer.
Las únicas palabras que pudo distinguir fueron ”vuelve a casa”.
Sin saber muy bien por qué, Ipsen pidió vacaciones, se preparó y emprendió su viaje.
Cruzó mares y montañas.
Bajo la niebla, fue atacado por monstruos.
Pero iba con Colin y, entre ambos, lo superaron todo.
Algún tiempo después, Ipsen cayó en la cuenta, y le preguntó a Colin:
¿Y tú, ¿por qué viniste?
A lo que Colin respondió:
Porque tú dijiste que te ibas”.

Y no hacía falta decir nada más.

Ipsen no tenía responsabilidades que le ataran a Treno, ni tampoco una amistad tan fuerte con nadie. Cuando recibe la carta y, entendemos, es de algún familiar, decide marchar. A Colin, por otra parte, no le interesa preguntar los motivos, ni conocer la duración del viaje, ni preocuparse por los peligros que supondría embarcarse en un periplo a través de los monstruos hacia donde viviera Ipsen. Al ingresar en esa aventura a través de montaña y mar, sabemos que cambiaron de un continente a otro, aún poniendo por delante que, en el regreso, tocaría afrontar el mismo camino. Con todo ello, a Colin sólo le importaba estar con Ipsen.

Una oda al amor

Ojalá pudiéramos saber algo más sobre la conversación que llevó a la partida de ambos de Treno. Es bonito imaginar y pensar en cómo pudo resultar aquello. Sabemos que no hubo justificación por parte de Colin para seguirle allá donde fuera. Es sorpresivo pensar que a Ipsen no le importaban los motivos de su compañero para seguirle en tan largo viaje. Una vez más, encontramos que, para llegar al lugar donde viviera Ipsen, debían atravesar océanos (y entendemos ‘océanos‘ y no ‘mares‘, tal cual se indica en la historia, porque en Final Fantasy IX sólo existe un mar, el mar neblinoso, y este no se encuentra de camino a ningún lado relevante). No fue hasta pasados los peligros (entendemos, en una zona sin niebla ni monstruos o el lugar de destino) qué Ipsen cayó en la cuenta de que su compañero había tomado la decisión de acompañarle.

Lo que sucedió después, o qué fue de ellos, sólo nos queda imaginarlo, y las perspectivas no tienen límites, porque nuestra imaginación tampoco los tiene. Aquella nota humedecida podría proceder de un rey destronado cuyo reino está desapareciendo, y no le queda más remedio que pedir ayuda a quien se encuentra lejos; podría ser que un familiar estuviera en las últimas etapas de una enfermedad amarga, por lo que es posible que no llegasen a tiempo, si tenemos en cuenta que el lapso que tardó en llegar la carta a Treno ya sería bastante largo; tal vez, por último, sólo era un padre en su casa que deseaba volver a tener cerca a su hijo, aventurero. ¿Regresaron a Treno? ¿Se quedaron allá a dónde viajaban? ¿Tal vez, al ser Ipsen un aventurero, comenzaron juntos un nuevo viaje?

No es tanto qué llevo a Ipsen a viajar lejos (aunque es divertido e interesante jugar con las posibilidades), sino la fortaleza del vínculo que uniera a esas dos personas, que les hizo sobreponerse a la adversidad y mantenerse juntos. Yitán y Daga aprenden de aquella historia y la aplican a su propio vínculo, algo que marca el resto de la historia del título.

Opiniones y elucubraciones aparte, Ipsen y Colin forman parte intrínseca de uno de los mejores videojuegos de Final Fantasy. Y, servidor, siempre adorará esta relación, esta pareja, de la que no sabemos ni el principio ni el fin.

Sólo sabemos que la devoción es infinita y que, la mayor parte de veces, no nos hace falta un motivo para actuar cegados por el corazón.

Una oda al amor