“The Judgement Chamber”, “The Maze Of Madness”, “Hills of Agony”, “The Bridge of Melted Fire”, no, no son la lista de temas del nuevo disco de una banda de death metal, que podrían serlo, sino algunos de los niveles de Agony, uno de los juegos más polémicos de los últimos años. Y ahí se acaban sus virtudes, porque como idem, es de las peores torturas que he tenido que sufrir desde que empecé a jugar hace años. Aunque ahora que lo pienso, a lo mejor era la idea de la gente de Madmind Studio, hacer un juego repulsivo a todos los niveles para hacernos sentir lo que nos espera en el otro lado si nos portamos mal, ¿No os lo creéis? Seguid leyendo, porque el juego parece salido de la mente de un quiceañero pajero obsesionado con Canibal Corpse, Hellraiser, o cualquier cosa con sangre y tetas.

¿Qué he hecho yo para merecer esto?

La historia de Agony es tan simple como sus mecánicas de juego: somos un fulano que ha sido malo, y nuestro espíritu ha sido mandado al infierno a sufrir -y a mi, al ponerme en su lugar, compartir el mismo sufrimiento-. Allí averiguamos que para salir de ahí, tendemos que encontrar a una tal Diosa Roja. La cual, por supuesto, no gasta nada en ropa, porque claro, en el infierno hace un calor de narices y no hay aire acondicionado, como el metro de Londres; primer punto de provocación, tetas y culos ¡somos la leche de adultos!

Con nuestra misión bien clara lo que no está tan claro es por donde ir. Porque no se ve ni torta, en serio, ni una antorcha arregla el tema. En los primeros niveles del juego la oscuridad es tal, que ni subiendo el gamma se ve del todo. Claro como ahí va la gente de mal vivir, Dios les ha cortado la luz, para que sufran perdiéndose por corredores construidos con bebés (esto es literal, recordad, hay que sumar puntos de provocación), con bocas gigantes (pero sin caries) y decorados con tronos de hueso y muebles similares salidos de la nueva colección del Hellea, la tienda para los demonios modernos cortos de presupuesto, pero que quieren darle un toque del Helvette nórdico. Todo esto puede impresionarte algo al principio, y hasta pensar que la dirección de arte es hasta buena, pero tras pasar horas viendo las mismas bocas, mutilaciones y pústulas, al final es tan emocionante y provocador como ver la carta de ajuste que ponían cuando terminaban las retransmisiones de la televisión.

La vida del mártir

Veamos ahora cómo narices vamos a salir de este agujero: Supuestamente es un juego de sigilo con puzzles, pero como he dicho más arriba, la mecánicas son más simples que una canción de los Ramones. Y lo que es peor, funcionan realmente acorde con el nivel técnico del mismo, con parones de hasta 5 segundos cuando guarda o efectos de luz que se vuelven majaras.

La parte del sigilo es un tedio, primero porque sólo te puedes esconder en un par de sitios concretos, segundo porque la interacción con los diversos elementos del juego es, como mínimo, poco fiable (a veces funciona a veces no) y tercero, los enemigos son un suplicio, especialmente las cabras con la cabeza de chichi y los coconuts al aire – puntos de provocación – las cuales te matan de un golpe, andan sin seguir un patrón, y te ven aunque estés a cinco metros. Los demás bichos son cutres de narices, unos gusarapos gigantes que te pican y hacen que los controles se vuelvan locos – puntos de sufrimiento – garrapatas, demonios gordos con lenguas a modo de pito – de estos también ves unos cuantos – y unos pulpos lovecraftianos, que te tocan las narices cuando te matan, porque cuando mueres te conviertes en el espíritu que se supone que eres, y entonces, tendremos que flotar por el escenario y poseer a los pobres humanos mártires que quedan por ahí, si previamente los hemos descapuchado – ¿otra referencia sexual? -. En un momento podremos poseer a las cabras o a los otros demonios por un tiempo limitado, con la principal ventaja de no tener que aguantarlos, y otras tales como poder ver un poco más allá de dos metros de tu nariz, lanzar bolas de fuego, o dar galletas a tus rivales infernales.

La otra parte jugable son los puzzles, que son tan simples como pintar con el dedo en una pared el cuasi logo de HIM o lo que toque, buscar el órgano o apéndice que toque y ponerlo en una balanza, o quedarte mirando un cuadro como si estuvieses en el Prado viendo la obra de Goya (pero mucho más cutre, obviamente).

El día de la bestia

Como el juego va de ser un sufridor y servidor es un profesional, por si fuera poco pasarse este despropósito una vez, volví a hacerlo en el “modo súcubo” en el cual controlas a una de las, desnudas y muy activas sexualmente esbirras de la diosa. ¿Cambia en algo el juego? Si, en vez estar maldiciendo a los creadores durante ocho horas lo haces durante unas tres, no tienes que aguantar a los enemigos ya que los puedes matar -o directamente pasar de ellos-, la visión de la oriunda del infierno es bastante mejor (cosas de ser una local) y no tener que hacer los puzzles de turno; por lo demás, es prácticamente lo mismo.

Dios salve mi alma

En conclusión, si queréis visitar el averno, tenéis mil opciones mejores que este disparate. Como jugar cualquiera de los Doom, ver Event Horizon -y sus escenas borradas- o escuchar Entombed. Si por otro lado, queréis tetas y pitos, en internet es muy fácil encontrarlos, hasta sin quererlo. Lo que podía haber sido hasta un juego medianamente interesante, queda reducido a un paseo por una galería de los horrores, tanto a nivel visual, como a nivel jugable.

Si el infierno es remotamente tan malo como Agony, el próximo domingo voy a misa a ver si tengo salvación.

Agony ya a la venta en PS4, One y PC.