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Yo no recordaba, y tal vez me equivoque en mi propio juicio por pretender determinar un pasado tan lejano, que Devil May Cry, aquel viejo título para Playstation 2, fuera tan jodidamente difícil.

Y lo digo sin lamentos, sin quejas, sin reproches, visto desde una perspectiva moderna de alguien acostumbrado, por un lado, a la excelsa dificultad de títulos como Bloodborne, Volgarr the Viking o, mal rayo lo parta, Super Meat Boy, y, por otro lado, a las evidentes directrices de juegos que no quieren minar tu moral, resultando en penosamente sencillos. En ese estado de perpetuo limbo, he tratado de volver a enfrentarme a Mundus.

Mentiría si no dijera que me ha costado más de lo que creía, pese a ser un acostumbrado de la saga y haber jugado a cada una de sus entregas. Sin embargo, me he sentido torpe, lento, con poca capacidad de reacción y una inquina exagerada por ponerme delante del enemigo cada vez que tenía ocasión de golpearme. Si él se dirigía hacia mí, yo me extendía ante sus movimientos como si llevara una señal en el pecho que dijera ‘’Hit me’’.

Devil-May-Cry

Puede que sea por el hecho de no haber disfrutado de un Devil May Cry desde 2013 (o 2008, si no contamos DmC). O tal vez sea por la edad que uno va cumpliendo. Incluso puede ser que estoy tan acostumbrado a que los juegos me traten como a un palurdo idiota que no soy capaz de entender los patrones de los enemigos, de aplicarles una defensa apropiada o de saber interactuar con el entorno para minimizar los impactos y maximizar mis golpes.

Devil May Cry tenía cuatro niveles de dificultad. El modo normal me está resultando complicado, ¿quién lo diría? Por delante quedan el modo difícil, el modo Dante Debe Morir y el modo Super Dante.

Voy a necesitar fuerzas y paciencia para esto. Pero es un clásico de Playstation 2 (podemos llamarle clásico después de quince años, ¿no?), y voy a exterminar a Mundus sí o sí.

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¡Qué demonios! Pese a la dificultad y a los años que hace desde su publicación, sigue siendo condenadamente divertido.