La fantasía alrededor del régimen Nazi ha sido quizá una de las más prolíficas en los últimos años a la hora de crear ficciones sobre qué hubiese ocurrido si Alemania hubiese ganado la II Guerra Mundial. Una ficción sobre la que se ha cimentado la saga Wolfenstein, pero también obras de ciencia ficción que bajo un crisol fascista han fantaseado con la idea de un mundo dirigido por los nazis o un régimen similar.

A pesar de que en Wolfestein The New Oder pudimos vislumbrar el horror recreado por Bethesda y MachineGames de una Europa controlada por los nazis, en Wolfenstein 2 ese mundo distópico se recrudece aún más. La acción se traslada ahora a Estados Unidos donde la resistencia intenta sublevar al adormecido pueblo americano frente a los opresores nazis que ahora controlan el mundo. Un relato que ciertamente podemos definir como “americanada” pero que en ocasiones consigue ponernos los pelos de punta por su crudeza.

Hay que señalar que en algunos casos la maldad y crueldad de lo mostrado en Wolfenstein 2: The New Colossus se lleva hasta la parodia. Una mueca retorcida de lo que podría haber llegado a ser el mundo controlado por Adolf Hitler. Sin embargo, pese al histrionismo con el que en ocasiones se muestra este mundo, es inevitable pensar en que probablemente las diferencias entre esa realidad alternativa y la ficción quizá no hubiesen sido tan distintas.

Precisamente, uno de los niveles más impactantes de Wolfenstein 2: The New Colossus es el que se desarrolla en una tranquila ciudad del sur de Estados Unidos. La heráldica nazi combinada con el toque años 50 crea en el jugador una sensación incómoda, típica de que algo no termina de cuadrar. Una sensación que se refuerza con los mensajes propagandísticos y la presencia de soldados del Reich en las calles. Una mezcolanza explosiva que sin necesidad de hacer grandes alardes es capaz de infundir algo de temor en el jugador.

Un temor que se fundamenta no tanto en el peligro hacia nuestro avatar, sino más bien en nuestro subconsciente de que algo así podría llegar a pasar. Pese a que en esta entrega no visitamos ningún campo de prisioneros, sí podemos acceder a un gueto en el que la gente recluida en él es ejecutada por pensar de forma diferente, por su raza o simplemente por su orientación sexual. Un pensamiento estremecedor para aquellos que vivimos en sociedades “avanzadas” pero que por desgracia pervive todavía en muchos lugares del mundo.

Y es que el genocidio y la erradicación es una baza muy fuerte que Wolfenstein 2: The New Colossus no duda en poner sobre la mesa. Evidentemente, todas estas cuestiones pasan un poco desapercibidas, ya que la meta del juego no es otra que “matar nazis” tal y como decía el teniente Aldo Raine en la película de Tarantino “Malditos Bastardos”. Sin embargo, eso no significa que para que toda esta maquinaria se ponga en marcha no exista todo lo anteriormente mencionado. En cierto modo, se puede llegar a pensar que estas cuestiones se frivolizan, aunque no creo que se llegue a dicho extremo.

En cualquier caso, es interesante ver el uso de la propaganda y otros elementos que sí eran característicos de la Alemania Nazi. Esto mezclado con el componente esotérico y místico sirven para crear esa imagen tan característica de Wolfenstein que nos lleva a luchar contra hombres de carne y hueso, artilugios robóticos y otras aberraciones surgidas de la mente los científicos nazis.

Wolfenstein 2: The New Colossus y su historia quizá no sean los más originales, pero sí funcionan a la hora de crear una experiencia de juego coherente y terrorífica si nos paramos a pensar en aquello que nos plantea. Sí, ese no es el objetivo del juego, pero en ocasiones resulta conveniente meditar sobre aquello que nos sugiere un título en cuestión. Y este es uno de ellos.