Reflexionando sobre la gala de The Game Awards 2021 celebrada hace unos días, la propuesta me sigue pareciendo muy acertada por conseguir que los videojuegos, huérfanos antaño de una gala pomposa para destacar lo más importante de la temporada, se pongan en el mapa bajo el prisma de la calidad premiando “lo mejor del año”. Además, se da visibilidad a los creadores, algo necesario en una industria tan opaca y que ha dejado demasiado años en la sombra a los artífices de todo esto.

Una gala de este tipo genera debate y confrontamiento sano de ideas, porque cada uno tiene sus propios ganadores, sus grandes olvidados e incluso puede opinar que no hay justicia en el fallo de ciertos premios o en la ausencia de nominaciones para determinados productos. Esa discrepancia enriquece el proceso, tal y como ocurre en premios cinematográficos más asentados. Y The Game Awards tiene una bondad que no se explota en otros premios como los Óscars, que aparte de los premios, tenemos anuncios -muchos- de productos que llegarán, por lo que hay lugar para la sorpresa más allá de los premiados.

En cierta manera y aunque esto esté montado con un claro interés comercial de fondo -y de cara-, sino te quedas por los premios, te puedes quedar por los anuncios, por satisfacer esa ansia que tenemos muchos por conocer nuevos proyectos y sumar pendientes que posiblemente nunca podamos completar. ¿Y cuál es el problema entonces? A priori, parece un combo perfecto que reúne numerosos anuncios y el destape continúo de premios con el añadido de poder aumentar nuestro ego al acertar ganadores o incrementar nuestras ganas de despotricar por no haber salido ganador el juego que para nuestro juicio imparcial y objetivo era el claro merecedor del trofeo.

Me repito, ¿y cuál es el problema? El ritmo y la extensión de la gala. El evento se extendió prácticamente hasta casi las 4 horas (aunque leo en algún medio que fueron algo más de 210 minutos). Es complicado justificar un acto de tal longitud con lo presentado en el mismo, aunque aparecieron muchos anuncios y es evidente que otra parte del tiempo debe dedicarse a los premios, que merecen su exposición y su espacio para que los creadores puedan subir a agradecer el premio o lo que estimen oportuno, pero la sensación global es de erosión, de alargamiento y al menos personalmente, un poco de innecesaria dilatación. Y me ocurre con prácticamente todos los eventos organizados por el bueno de Geoff, y sí, estoy mirando a los Summer Game Fest. Otro evento que me genera la misma sensación de desgaste por la falta de ritmo y por contar con una extensión también muy estirada en mi opinión. Siempre mi opinión.

La longitud no sería realmente un problema relevante si estuviese apoyada en un buen ritmo. En un devenir de sucesos interesante, pero no es el caso y verdaderamente creo que es el problema principal de esta fiesta del videojuego. Es una montaña rusa y con una extensión así el desgaste en el espectador es evidente y al final se ve forzado a no dedicar su atención únicamente al evento y decide mantenerlo de fondo. Que de esta forma, como elemento secundario funciona y se articula bien. No despotrico sobre lo conseguido, porque es muy importante para la industria y para lograr asentarla como producto de valor y no como un simple usar y tirar de entretenimiento. Se aporta relevancia y prestigio, pero siento decirlo que al propio formato hay que darle una vuelta para que no se parezca cada vez más, y lo siento por Josef Fares, a las anodinas galas de los Oscars.