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La imaginación no deja de ser limitada en cuanto a la capacidad intrínseca que cada uno de nosotros mantenga, más allá de estudios o de especializaciones académicas.

Bien es cierto que se presupone ‘la imaginación no conoce límites y la única limitación es la propia limitación’, pero, ¿hasta dónde podemos imaginar, si la realidad tiene sus propios términos?

Todo está ya definido, y cada producto no es sino una reversión de algo que ya se hizo. Tendemos a exprimirnos la cabeza por tratar de buscar un producto original, más intenso, más emotivo, más cercano, o más terrorífico, y pasamos por alto el fehaciente hecho de que nada de eso importa. Si nuestro producto se juzga en base a unos parámetros populares vigentes, no implica que sea mejor o peor, sino que han coincidido varios factores que han determinado su popularidad.

Todo está creado, y los videojuegos no encuentran su apoteósica omega en este punto. Nuestro mundo, nuestro sector, forma parte de uno de los ejes principales en cuanto al límite de la imaginación.

¿Hasta qué punto se valora el argumento del videojuego? La ficción se marca en cuanto al talento de aquel encargado de desarrollar la historia, los personajes, la ambientación… Es cierto que se exige un mecanismo para plasmar todo eso, mas, ¿qué mente maestra se esconde detrás de cada diálogo, cada gesto o cada objeto del escenario?

Personalmente, soy uno de aquellos que está cansado de que los programadores traten de acaparar terreno en un mundo que no les pertenece a ellos. Debe haber una coexistencia entre el encargado de darle realidad a la fantasía, y el que crea esa fantasía. Dichos mundos no deben mezclarse si el producto pretende ser el mejor. Compartir; mas no confundirse.

Muchos de los mejores videojuegos se apoyan en diseñadores narrativos, psicólogos, filólogos, historiadores… para que los hechos de la trama naveguen sobre uno rieles delimitados que se emplean, por un lado, en base a su relevancia sobre la misma trama. Por otro lado, se pretende encerrar al jugador en unos límites conclusivos que focalicen la experiencia.

No es una tarea fácil enmarcar los límites de un producto, pues incluso la imaginación vuela más allá de los límites que nos presentan, y de ahí el nacimiento de subproductos que engrandecen al original.

Llegará el día en que mire hacia atrás y me pregunte… ¿hasta dónde serán capaces de llegar los diseñadores narrativos para mostrarnos los límites de la imaginación?